Histeria: La patología que dio lugar a la creación de los vibradores

Desfallecimientos, insomnio, retención de líquidos, pesadez abdominal, espasmos musculares, respiración entrecortada, irritabilidad, dolor de cabeza, pérdida de apetito, trastornos motores, alteraciones sensitivas y, lo más importante y serio: tendencia a causar problemas. Estás muy enferma ¿Qué te puede curar?

Esta serie de sintomatologías correspondía a un diagnóstico evidente: la histeria o histeria femenina, que era una patología que ha sido diagnosticada a lo largo de la historia hasta mediados del siglo XIX y que en mucho tiene que ver con la sexualidad en general y el nacimiento de los juguetes sexuales en particular.

 

¿Qué es la histeria y qué la causaba?

La histeria se definía como una patología neurótica, que se diagnosticaba a las mujeres bajo el término “histeria femenina” y cuyos síntomas abarcaban desde los desvanecimientos hasta la irritabilidad y el mal humor.

La histeria era una condición exclusiva de las mujeres. Esto se debía a que el término histeria proviene del griego y significa útero. Así que, por deducción, se creía que estas mujeres sufrían un desplazamiento del útero que provocaban todos estos síntomas.

El origen de este supuesto desplazamiento no era congénito (es decir, no era de nacimiento) ni por una lesión. Se teorizaba que esta mala colocación uterina ocurría bajo determinadas circunstancias tales como la represión sexual, una vivencia traumática o la realización de actividades no propias para las féminas, como, por ejemplo, estudiar o pensar en exceso. Como bien (o mal) afirmaba Carl Gustav Jung (psiquiatra del finales del siglo XIX y principios de siglo XX): “Al seguir una vocación masculina, estudiar y trabajar como un hombre, la mujer hace algo que no corresponde del todo con su naturaleza femenina, sino que es perjudicial”.

La histeria fue descrita por Platón, el cual afirmaba que “el útero es un animal dentro de un animal”, e Hipócrates, que creía que el útero viajaba a la deriva por el cuerpo femenino y que cuando tocaba el pecho causaba toda una amalgama de síntomas molestos.

Posteriormente, Galeno teorizó, en el siglo II, que la histeria se derivaba de la privación sexual, y que por ello era frecuente en viudas, vírgenes o monjas. Esta creencia se perpetuó hasta el fin de su diagnóstico. De este modo, se puede traducir que una mujer malfollada desarrolla histeria, lo cual resulta ser un problema social.

Durante el siglo XIX la histeria se popularizó enormemente, de tal modo que en 1859 se calculaba que una de cada cuatro mujeres era diagnosticada de histeria. Así, cualquier malestar femenino o comportamiento extraño era debido a la histeria. Se creía que la histeria se desencadenaba también por el gran ritmo de la sociedad moderna, que provocaba una tensión imposible de sobrellevar para las mujeres. No en vano, Schopenhauer apuntaba que “Sólo el aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales”.

 

Por ello, se concluyó que tareas tales como el estudio, la lectura de temas intelectuales y la realización de determinados trabajos no adecuados para las mujeres provocaban trastornos mentales o histeria. Asimismo, comportamientos tales como entusiasmo, imaginación vívida, gran excitabilidad, labilidad del estado de ánimo, preocupación romántica, capricho e impulsividad eran causas y consecuencias de la histeria.

A principios del siglo XX el diagnóstico de histeria comienza a decaer. Una de las razones fue la aparición de la psicología como tal, de la mano de Sigmund Freud y Jean-Martin Charcot, los cuales se dedicaron a estudiar la mente humana y sus procesos, surgiendo, de este modo, nuevos diagnósticos mentales y tratamientos.

Así, muchos de los síntomas recogidos como parte de la histeria pasaron a ser depresiones, trastornos de estrés postraumático, ansiedad o trastornos de conversión.

 

¿Cómo se trataba?

El tratamiento de la histeria abarcó desde el denominado “masaje pélvico” hasta los tratamientos invasivos.

Durante la edad antigua, el Medievo y el Renacimiento, dado que se creía que la histeria provenía de la represión sexual, el tratamiento consistía en casar a la mujer afectada. Es decir, la solución era el matrimonio. Si los síntomas continuaban y no remitían tras practicar el débito del coito matrimonial, se recurría a un masaje genital practicado por una comadrona. Si la mujer estaba sexualmente satisfecha no causaría problemas.

Este tipo de tratamiento se utilizó hasta la época victoriana en el que la histeria se trataba a través de lo que se denominaba “masaje pélvico”. Consistía en la estimulación de los genitales de la mujer afectada hasta que tenía un orgasmo, el cual se denominaba médicamente como “paroxismo histérico”. Asimismo, también se utilizaba el “lavaje vaginal”, por el cual se administraba un chorro de agua en los genitales de la afectada.

Hubo tal auge del diagnóstico de histeria a finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX que la oportunidad de negocio no pasó desapercibida. De este modo, se diseñaron dispositivos de hidroterapia y mecánicos que acortaban el tiempo que el doctor tenía que emplear en cada masaje pélvico manual, tiempo el cual le hacía perder dinero y clientes.

Fue en 1870 cuando se comenzó a comercializar, en el ámbito médico, el primer vibrador mecánico, y fue el 1873 cuando se empleó el primer vibrador electromagnético en un balneario francés.

A finales del siglo XIX la electricidad se introdujo en los hogares y, por consiguiente, se empezaron a comercializar vibradores caseros, utensilios que tienen una mayor antigüedad que otros dispositivos del hogar como la aspiradora o la plancha eléctrica.

Exacto, durante siglos se trató la histeria a través de la masturbación, primero manual y posteriormente, conforme este procedimiento cobraba popularidad, con instrumental al efecto. Y este fue el origen de los vibradores tal y como los conocemos en la actualidad.

 

El tratamiento a través de la masturbación y de los vibradores no resultó ser controvertido ni discutido, ya que se entendía como un procedimiento médico habitual. Paradójicamente, sí lo fue la incorporación del espéculo en la actividad sanitaria.

Pero no todo fue concupiscencia. Durante la segunda mitad del siglo XIX se empezaron a introducir otro tipo de tratamientos alternativos para la cura de la histeria cuando este no remitía con el masaje pélvico. Consistían en intervenciones invasivas en las que se practicaba una histerectomía (extirpación del útero), la extirpación de los ovarios o la cauterización del clítoris. La solución pasaba pues del matrimonio a la amputación.

 

Posteriormente, cuando la histeria desaparece como criterio diagnóstico, esta sintomatología se trató de diversos modos, desde la psicoterapia, la terapia electro compulsiva (electro shocks) o lobotomías.

 

La histeria sucumbe

La histeria desaparece como categoría diagnóstica pero ha dejado su tarjeta de visita. En la actualidad, el término “histeria” no entra dentro de ningún criterio diagnóstico médico. Sin embargo, en el lenguaje popular se sigue utilizando histérica/o para referirse a una persona fuera de sí o muy nerviosa.

 

Como se ha mencionado, los avances médicos en general y psicológicos en particular hicieron desaparecer la histeria como entidad patológica. Las personas que presentaban una sintomatología similar a la descrita en la histeria empezaron a ser diagnosticadas con otros criterios, como depresión, ansiedad, estrés, etc.

En 1968 se edita el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales II (DSM-II), el cual recoge el trastorno de personalidad histriónico, que fue el único trastorno que mantuvo el término derivado del antiguo concepto de histeria. Asimismo, estos manuales recogen el trastorno de conversión, el cual coindice en gran medida con la sintomatología descrita en la histeria. Ambas patologías ya dejan de ser exclusivas de mujeres, pudiéndolas padecer cualquier tipo de persona independientemente de su sexo, género y/u orientación.

Actualmente, el trastorno de conversión se recoge en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales V (DSM-V) al mismo tiempo que el trastorno disfórico premenstrual, los cuales pueden considerarse como la histeria moderna.

Como terminología médica, la histeria sucumbe. Sucumben las creencias por las que una mujer se volvía loca por estudiar, leer o interesarse por actividades poco femeninas. Sucumben aquellos tiempos en los que los cambios de humor, el no ser obediente y la rebeldía eran síntomas patológicos en una mujer y debían ser tratados.

¿Realmente sucumben? El hecho de considerar a los cambios de humor premenstruales provocados, evidentemente, por los cambios hormonales naturales del proceso del ciclo menstrual femenino como un trastorno, como se recoge en el trastorno disfórico premenstrual en la actualidad, no conduce a pensar que la condición femenina no vaya ligada a lo trastornado. Recordemos que no estamos tan lejos de la sucumbida histeria.

¡En este vídeo te lo contamos todo!

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